Y entonces, aquel cuervo se acercó y la miro con ojos de terciopelo.
Mientras tanto, el cierzo arreciaba en la cabeza de un joven suicida que buscaba la paz en el asa de la soga.
Por unos segundos, todo se quedó en blanco y 'zas' un grito de dolor se escuchó entre las alas del cuervo.
De repente, ya nada era como siempre, aunque todo seguía siendo igual.
El tiempo ya no era lento, más bien escaso. El cierzo ya no era frío, más bien vacío.
Y se entró en un bucle de repetición en la cabeza. Esos ojos enloquecían. Esas pupilas se dilataban.
Todo era nada y nada era cada vez más.
Y ahora dime, ¿dónde nos quedamos? ¿dónde quisimos quedarnos?
Yo sigo sentado en un grano de café. Viendo como diluvia. Como me quedo en el fondo.
El cuervo no aparta la vista y sus ojos de terciopelo se siguen clavando.
Estoy encerrado en mi bucle, al que he llamado taza, y con las consecuencias, que he llamado café.
Por eso mismo, estoy como viviendo en mi taza de café.
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