Desgarrándome el corazón cada vez que se sube la persiana. Me presiona.
Los dedos con llagas de tanto tocar el suelo y la mirada más vacía que nunca.
Más yo. Menos el resto.
Y con mala hostia, juré sentirme bien. Hoy por hoy, rompo promesas.
Me apagaste la música y me jodiste más que de costumbre.
Son excusas, son alegrías por no tenerme.
Vives mejor sin mi, sin preocupaciones.
Libre.
Echándole suerte al vaho del cristal amanezco, no hay frío ni ganas de tenerlo. O tal vez sí.
Ya ni me conozco. Ya ni me conoces.
Solo queda mi nombre, Alejandro.
Y alejándome de mi mismo, voy calmado en el bus, sin dirección.
Casi muerto o muerto sin saberlo.
Casi jodido o jodido por un casi.
Casi yo sin ni intuirlo.
Casi Alejandro.
Casi... nada, ni nadie.
Me falla hasta la sombra.
Me sobra hasta el brillo de mis ojos.
Tengo la luz de móvil encendida y ni me preocupo.
Sé que no eres tú.
Sé que, mucho menos, no soy yo.
Alejandro, cada mañana un poco menos.
Caos, cada mañana un poco más.